SALUD MENTAL

Asertividad e impecabilidad

El poder de las palabras es sorprendente. Pueden construir o destruir, facilitar u obstaculizar, generar hostilidad o felicidad. Llenar hogares de conflictos o de armonía. Todos en algún momento de nuestras vidas, experimentamos dudas y es durante esas ocasiones que las frases negativas y críticas que nos expresaron en el pasado —tal vez hace muchos años—, suenan de nuevo en nuestros oídos.

Carlos Siller menciona que la palabra tiene mucho de aritmética: divide cuando se utiliza como navaja, para lesionar; resta cuando se usa con ligereza para censurar; suma cuando se emplea para dialogar, y multiplica cuando se da con generosidad para servir.

Reflexionemos en la siguiente pregunta ¿Trato a mi familia tan bien como a mis amigos? Muchas personas nunca dirían a un amigo las palabras humillantes y duras que se pronuncian en casa ¡No tendríamos amigos! El actor Richard Burton, mencionó alguna vez que una palabra hiere más profundamente que una espada.

La "charla destructiva" describe muchas palabras expresadas dentro de las familias. La mayoría de las veces las palabras no son reflexivas y bien enfocadas, o bien revelan que no estamos prestando atención al escuchar a la otra persona.
Las personas pasan por las habitaciones, saludándose entre sí con sólo un gruñido. En la mesa, a la hora de la cena, hacen las preguntas de costumbre, “¿Cómo estás? ¿Cómo fue tu día?” Son comunes las preguntas de control: ¿Recogiste tus juguetes? ¿Sacaste la basura? Todos hablan..., pero el contenido es nulo.


Salud Mental

Absolutamente todos los seres humanos nacemos con una serie de capacidades, algunas son comunes en todas las personas, otras son diferentes, sin embargo, desde el momento en que las poseemos, adquirimos la posibilidad de desarrolladas, y si no las tenemos, de construirlas.

Llegar a ser

Aparentemente el objetivo más deseable para el individuo, la meta que persigue a sabiendas o inconscientemente, es llegar a ser él mismo. Descubre que en gran medida su conducta y los sentimientos que experimenta son irreales y no se originan en las verdaderas reacciones de su organismo, sino que son sólo una fachada, una apariencia tras la cual trata de ocultarse. Descubre que una gran parte de su vida se orienta por lo que él cree que debería ser y no por lo que es en realidad. A menudo advierte que sólo existe como respuesta a exigencias ajenas, y que no parece poseer un sí mismo propio; descubre que trata de pensar, sentir y comportarse en la manera que los demás creen queremos debe hacerlo.

Sören Kierkegaard señala que, por lo general, la causa de la desesperación reside en no elegir ni desear ser uno mismo y que la forma más profunda de desesperación es la del individuo que ha elegido “ser alguien diferente de sí mismo”. Por otro lado, en el extremo opuesto a la desesperación se encuentra el “desear ser el sí mismo que uno realmente es”; en esta elección radica la responsabilidad más profunda del hombre. Este bien puede ser uno de los trabajos que más dedicación requiera pues hay que ejercitar nuestra conciencia diariamente sobre lo que hacemos, para qué, de dónde viene ese acto, cómo me relaciono (con quién y para qué fin, qué espero de esa relación), qué puedo corregir, cómo lo corrijo..., sin embargo podemos echar mano de una serie de medios que nos pueden facilitar ese trabajo. La psicoterapia, inventarios personales, lecturas, cursos, talleres, conferencias, etc., pueden resultar muy útiles en nuestro proceso de encontramos y ser nosotros mismos.

Coherencia

Coherencia significa ser exactamente lo que se es, y no un disfraz, un rol, una simulación. El término se emplea para indicar una exacta adecuación entre vivencia y conciencia, pero su significado puede extenderse para incluir también la correspondencia entre vivencia, conciencia y comunicación. El constructor de la coherencia tiene un corolario difícil de apreciar; puede enunciarse en los siguientes términos: si en este momento un individuo es enteramente coherente, si su experiencia fisiológica real tiene una representación consciente adecuada, y su comunicación es coherente con su apercepción, el mensaje que emite nunca puede referirse a un hecho externo. Una apercepción adecuada de la experiencia siempre se expresaría en términos de sentimientos, impresiones, significados correspondientes a puntos de referencia internos. Nunca se que él es tonto ni que tú eres malo; sólo puedo percibir que es lo que a mí me parece.

En algunos casos advertimos que cierto individuo no sólo dice lo que siente y piensa, sino que además expresa de manera abierta y franca sus sentimientos más profundos, sean de ira, competencia, afecto o cooperación. Con respecto a esa persona sentimos que “sabemos exactamente dónde está parado”. En el caso de otro individuo, en cambio, comprobamos que sus palabras deben ser un disfraz, una máscara; nos preguntamos qué siente en realidad y si sabe lo que está sintiendo, y tendemos a ser cuidadosos y precavidos en nuestra relación con él. Cuanto mayor sea la coherencia entre experiencia, conciencia y comunicación por parte de un individuo, mayores serán las posibilidades de que la relación que establece con el otro, presente una tendencia a una comunicación recíproca de coherencia cada vez mayor y determine una comprensión mutua más precisa de los mensajes, mejor adaptación y funcionamiento psicológico de ambas partes y más satisfacción mutua en la relación.

Autopercepción

Cuando cambias la forma de pensar y de sentir acerca de tu propio ser, aceptándote tal cual eres en lugar de enjuiciarte, se torna más realista el modo de conceptuarte a ti mismo. Comienzas a parecerte a la persona que querrías ser y te valoras más, adquieres confianza y mayor capacidad de adoptar tus propias decisiones. Se alcanza una mayor comprensión de sí mismo, llegas a ser más abierto a tu experiencia, con lo que se disminuye la tendencia a negar o reprimir algunos aspectos de ésta y comienzas a aceptar mejor tus actitudes hacia otros, pues adviertes las semejanzas que existen con los demás. Así, disminuyes la frustración provocada por el estrés y te recuperas más fácilmente de éste; los amigos comienzan a advertir que tu conducta es más madura, te tomas menos defensivo, más adaptado y más capaz de enfrentar situaciones nuevas con actitudes originales.

Relación auténtica

Cuanto más auténtico puedo ser en la relación, tanto más útil resultará esta última. Esto significa que puedo tener presente mis propios sentimientos, y no ofrecer una fachada externa, adoptando una actitud distinta de la que surge de un nivel más profundo o inconsciente. Ser auténtico significa también la voluntad de ser y expresar, a través de mis palabras y conductas, los diversos sentimientos y actitudes que existen en mí. Esta es la única manera de lograr que la relación sea auténtica, condición fundamental.

Cuanto mayor sea la aceptación y el agrado que experimento hacia un individuo, más profunda y poderosa resultará la relación que se esta creando. Entendiendo por aceptación un cálido respeto hacia él como persona distinta, el deseo que sea y posea sus propios sentimientos, y actitudes, al margen del carácter positivo o negativo de estas, y aun cuando puedan contradecir en diversa medida otras actitudes que ha sostenido en el pasado. Cuando logro sentir con libertad la capacidad de ser una persona independiente, descubro que puedo comprender y aceptar al otro con mayor profundidad, porque no temo perderme a mí mismo.

Los juicios de valor

Los juicios de valor no estimulan el desarrollo personal y tampoco el interpersonal, no deben formar parte de una relación. Una evaluación positiva resulta al final tan amenazador como una negativa, puesto que decir a alguien que es bueno implica también el derecho a decirle que es malo. Cuanto más libre de juicios y evaluaciones pueda tener una relación, tanto más fácil resultará comprender que el centro de la responsabilidad reside en sí mismos.

Conocer y aceptar a otros

¿Es necesario permitirse conocer a otro? Efectivamente es así. Nuestra primera reacción ante las afirmaciones que oímos de otras personas suele ser una evaluación inmediata o un juicio, más que un intento de comprensión. Cuando alguien expresa un sentimiento, una actitud o creencia, tendemos a pensar: “Está en lo correcto”; o “Es una tontería”; “Eso es anormal”; “No es razonable”; “Es incorrecto”; “Es desagradable”. Muy pocas veces nos permitimos “comprender” exactamente lo que su afirmación significa para él. Esto puede deberse a que comprender es riesgoso. Si me permito comprender realmente a otra persona, tal comprensión podría modificarme, y todos experimentamos temor ante el cambio. Por lo tanto no es fácil permitirse comprender a un individuo, penetrar en profundidad y de manera plena e intensa.

Aceptar a otra persona realmente, con sus propios sentimientos, no es fácil y comprenderla tampoco. ¿Puedo permitir a otra persona sentir hostilidad hacia mí? ¿Puedo aceptar su enojo como una parte real y legítima de sí mismo? ¿Puedo aceptarla como encara la vida y sus problemas y de manera muy distinta a la mía? ¿Puedo aceptarla cuando experimenta sentimientos muy positivos hacia mí, me admira y procura imitarme? Todo esto está implícito en la aceptación y no llega fácilmente.

En nuestra cultura es muy común pensar: “Todas las demás personas deben sentir, juzgar, y creer tal como yo lo hago”. Es muy difícil permitir a nuestros padres, hijos o cónyuges sentir de modo diferente al nuestro con respecto a diferentes temas o problemas. Las diferencias entre los individuos, el derecho de cada uno a utilizar su experiencia a su manera y descubrir en ella sus propios significados es una de las potencialidades más valiosas de la vida.

Cada persona es una isla en sí misma, en un sentido muy real, y sólo puede construir puentes hacia otras islas sí efectivamente desea ser él mismo y está dispuesto a permitírselo. Cuanto más aceptado y comprendido se siente un individuo, más fácil le resulta abandonar los mecanismos de defensa con que ha encarado la vida hasta ese momento y comenzar avanzar hacia su propia maduración.

El juicio

El juicio sólo sirve para confundir el comportamiento inconsciente de la otra persona con su identidad real o para proyectar su propia inconsciencia en la otra persona y confundir tu proyección con su identidad. El juicio condiciona al amor. Dice, te amaré si encuentro que cumples lo que espero, y si pasas mis evaluaciones. Una mente que juzga hace listas, con frecuencia inconscientemente, de pasar la crítica por amor. En contraste, el perdón no pone condiciones. El perdón permite, simplemente, que el amor sea como es. El perdón es el cambio sutil en nuestra percepción que nos permite ver lo que tenemos en común en lugar de nuestras diferencias. Es una lluvia tibia y gentil que lava nuestra perspectiva negativa del pasado.

La aceptación y el perdón representan el lado opuesto del juicio. Nos mostrarán el camino hacia la serenidad. Mira el juicio como es y lo que crea, el juicio te sentencia a la culpa, a una autoestima baja, y a sentimientos de ser inadecuado.

Renunciar a juzgar no implica que no reconozcas la disfunción y la inconsciencia cuando las veas. Significa -ser el conocimiento- en lugar de -ser la reacción- y el juez. Entonces te liberarás totalmente de la necesidad de reaccionar.

La aceptación

Para cambiar verdaderamente, debemos aceptamos primero como somos, sin reservas. Debemos ser capaces de vemos más allá de nuestra disfunción y ver nuestra integridad esencial. Si no nos abordamos con una actitud de aceptación y amor, nos herimos. Y mientras nos herimos, el cambio positivo profundo es imposible. El único cambio que ocurre al condenarte a ti mismo es que terminas hiriéndote. La paradoja del cambio es que no podemos efectuar un cambio profundo hasta que primero nos aceptemos como somos, cuando me acepto como soy, puedo modificarme.

La aceptación no significa condenar al comportamiento negativo. Simplemente, significa que para cambiar nuestro comportamiento (o para alentar a otra persona a cambiar) debemos comprender que existe una persona valiosa debajo de ese comportamiento. La paz llega al aceptar las cosas que no está en nuestro poder cambiar. Esto significa que no podemos controlar a otras personas. Cuando te aceptas tal cual eres las relaciones se tornan reales, te brindas a ti mismo y a las personas con todo tu ser. Las relaciones reales son atractivas por ser vitales y significativas.

Rendición

No busques ningún estado diferente del que tienes; así no producirás conflicto interno ni resistencias inconscientes. Perdónate por ser y estar. Perdónate por no estar en paz. En el momento en que aceptas completamente tu falta de paz, la no-paz se transforma en paz. La cualidad de tu conciencia en este momento es el principal determinante del tipo de futuro que experimentarás; rendirte es la cosa más importante que puedes hacer para provocar un cambio positivo.

Para algunas personas, la rendición puede tener una connotación negativa que implica derrota, renuncia, incapacidad para responder a las pruebas de la vida, letargo, etc. La verdadera rendición, no obstante es algo totalmente diferente. Es un fenómeno puramente interno, que no implica que en lo externo no puedas emprender acciones para cambiar la situación.

No tienes que aceptar una situación de vida desagradable o indeseable. Aceptas el momento tal como es; después te pones en acción y haces todo lo posible por salir de la situación. La rendición es perfectamente compatible con la acción, con iniciar cambios o alcanzar objetivos. En el estado de rendición, ves con claridad lo que hay que hacer y empiezas a actuar; vas haciendo una cosa cada vez, te centras en una cosa cada vez. Si tu situación general es insatisfactoria, observa sus características específicas y pregúntate: ¿Hay algo que pueda hacer para cambiar la situación, mejorarla o apartarme de ella?, si es así, emprende la acción apropiada. Si no puedes rendirte, actúa inmediatamente: expresa tu queja, haz algo que pueda cambiar la situación, o retírate de ella. Asume la responsabilidad de tu vida.

No resistirse no significa necesariamente no hacer nada. Lo único que implica es que la acción no va a ser reactiva. Cuando te ocurra un desastre o algo vaya muy mal-enfermedades, incapacidad, pérdida del hogar, de la fortuna, la ruptura de una relación íntima, la muerte o el sufrimiento de un ser querido- has de saber que esa situación también tiene otro aspecto y estás a sólo un paso de algo increíble: la rendición. Si te sientes de repente muy ligero, diáfano y en profunda paz, eso es una señal inequívoca de que te has rendido realmente.

El amor condicional

Muchos de nosotros crecimos en familias donde el mensaje hablado era: “Te amaré si...” hace que un individuo piense que no merece el amor o que debe complacer a otro para merecerlo. Aquéllos de nosotros que recibimos este mensaje empezamos a creer que si mostrábamos a nuestros padres todo nuestro ser, incluyendo nuestros pensamientos oscuros y ocultos, seríamos rechazados. En consecuencia, aprendimos a mantener ocultos ciertos segmentos nuestros, con la esperanza de poder ser amados por completo.

La mayoría de nosotros tenemos secretos que mantenemos ocultos porque experimentamos temores similares. De ningún modo todos estos son sexuales. Cuando sentimos que debemos mantener ocultos aspectos nuestros para ser aceptados, el resultado es que nunca nos sentimos merecedores del amor y apoyo que recibimos. Cuando conocemos a otra persona, podemos tender a juzgarla en términos de lo que ha hecho o no ha hecho en el pasado. Lo que piensas sobre la situación determina la experiencia que tienes. No hay situaciones “buenas” o “malas”: todas las situaciones representan oportunidades para aprender. Lo que hagamos de cada situación depende de nosotros.

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